domingo, octubre 01, 2006

Mitja Marató de Collserola

Llegamos al Velódromo de Horta cuando faltan pocos minutos para las ocho de la mañana, así que nos da tiempo a asistir a la salida de los 42k. Recogemos los dorsales que este año han cambiado de formato. En ediciones anteriores eran dorsales de papel con un espacio reservado para marcar el paso por los controles. Este año marcarán una tarjeta de plástico que debemos llevar colgada del cuello y el tradicional dorsal se sustituye por un peto patrocinado por Buff. Una particularidad de esta prueba -organizada por el Club Excursionista Horta- es que cada año compiten en ella varios atletas invidentes que corren sujetos a una pértiga cuyos extremos sostienen dos guías. Es la tercera vez que tomamos parte en esta carrera y sabemos que, debido a esta circunstancia, siempre se producen atascos al inicio, así que, cuando a las ocho y media suena el disparo de salida, apretamos el ritmo para dejar atrás al grueso del pelotón. Salimos como una exhalación. Pisamos asfalto durante doscientos metros para después tomar un sendero muy estrecho que sube, zigzagueante, por las laderas de la Sierra de Collserola. El desnivel es muy pronunciado y en algunos puntos no queda otra que caminar. Rápidamente vamos cogiendo altura. Dejamos a nuestros pies la ciudad de Barcelona. En la ascensión el grupo se rompe y Ricardo se queda atrás.

La carretera de Horta a Cerdanyola marca el primer diente de sierra del perfil de la carrera. A partir del kilómetro 2 descendemos por una pista de tierra, muy amplia. Aprovechamos la bajada para recuperar. Reducimos el ritmo mientras numerosos corredores nos adelantan despendolados. A la altura de Can Coll cruzamos de nuevo la carretera de Horta y volvemos a subir, esta vez en dirección a Can Borrell. A pocos metros de la masía nos encontramos el primer control-avituallamiento. Falta poco para el kilómetro 7. Sin apenas detenernos marcamos nuestras tarjetas de ruta, bebemos y comemos algunas naranjas. Antes de llegar al Pí d’en Xandri nos desviamos a la izquierda para tomar una trialera que se interna en el bosque. De nuevo la pendiente es considerable y he de caminar en algunos tramos. Viendo que no puedo seguir su ritmo le digo a Jaume que tire. Me quedo sólo. El calor aprieta y este invento del peto dificulta la transpiración y me agobia. La trialera continúa subiendo hasta la intersección con el sendero PR-38. Cuatro kilómetros más adelante me espera Sant Medir, donde está instalado el segundo control. Estoy ya en el kilómetro 13. Más agua, más naranjas y, como no, por delante más subida. Esta vez hacia la Font Groga. Tenemos la ventaja de correr en terreno conocido, ya que estos caminos son el escenario habitual de nuestras tiradas largas de los domingos, pero el calor, inusual en esta época del año, resulta un pesado lastre. Me uno a un grupo de corredores que avanza con paso cansino. Afortunadamente, un poco más adelante, en la Font Groga, me espera un nuevo avituallamiento, el último antes de la llegada. Además de agua aquí también hay bebidas isotónicas. Durante nuestros entrenamientos, muchos domingos subimos hasta este punto y damos media vuelta, pero hoy todavía hemos de ascender hasta el Turó de Sant Cebrià. Es la última rampa, no llega a un kilómetro pero se hace eterna. Por fin coronamos. Kilómetro 16,5. Abajo, a nuestra derecha, la ciudad de Barcelona. Más allá el mar Mediterráneo. Ya no queda nada. Llaneo durante unos cientos de metros y después todo es bajada hasta el velódromo.

En la llegada me espera Jaume. Unos minutos después aparece Ricardo. A pesar del calor hemos superado con éxito una carrera que ya se ha convertido en una clásica del calendario de A Fons Perdut. Al otro lado de la línea de meta nos aguarda un generoso avituallamiento y unas simpáticas masajistas que aliviarán nuestras piernas doloridas. Para concluir la jornada deportiva, por si no hubiésemos tenido suficiente ración de Collserola, decidimos volver a la masía Can Borrell a disfrutar en familia de su cocina casera.

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